miércoles, 9 de marzo de 2011

¿SABES CUÁNTOS TIPOS DE HÁBITOS EXISTEN?

C
on el tiempo me di cuenta de que los hábitos
se agrup
aban en dos tipos en mi vida:

los hábitos benditos y los hábitos malditos.

Los hábitos benditos
mejoraban mi convivir con otros
permitiendo educarme, cuidarme los dientes,
renunciar a la comida chatarra y bajar el colesterol,
caminar y hacer ejercicio, andar limpio y sonriente,
hacer una obra buena al día y andar peinado y olorosito.
Ellos me hacían cuidar el bien propio,
pero también me hacían responsable del bien ajeno.

Los hábitos malditos me permitían escalar y ganar,
competir y triunfar, consumir y gozar,
llenar mi escritorio de tarjetas de otros que como yo,
deseaban lograr contactos y peldaños para sus metas.

Malditos hábitos, sean malditos por siempre.
¿Debo agradecerles la farándula, el carrete,
la satisfacción y el placer inmediato?
¿Debo agradecerles que me hayan enseñado
a dopar mi conciencia, mi sentido crítico?
¿Debo agradecerles el despreciar valores
como la espera de bienes futuros,
el renunciar a bienes presentes
que no me eran ni necesarios,
ni sanos, ni éticos, ni humanizadores?

Los hábitos benditos, sean benditos por siempre,
los incorporé conversando con mi madre,
con una profesora loca y genial en una infancia hermosa.
Aún los tengo y me observan temerosos
cuando me invaden los hábitos malditos
y sus promesas de poder, tener y gozar
de las que no alcanzo a medir sus consecuencias.

Los hábitos malditos los adquirí por propia voluntad,
me ofrecían éxito, posición social y reconocimiento.
Me aseguraban colegios de calidad para mis hijos,
barrios y amigos que eran gente como uno,
en donde los picantes y pobres estarían por allá,
y nuestros hijos, amigos y nosotros por acá.

Malditos hábitos que me llevaron a la pasividad,
la sobre estima, el despilfarro y el vértigo sin freno,

Malditos hábitos que finalmente
me han armado una existencia pobre y vacía.
Me han amarrado a una consulta

y a este sofá de siquiatra
que me mira con ojos compasivos


Es cierto, el medio externo pudo más.
¿Cómo podía sobrevivir en esta brutal ciudad
sin hacer pacto con un hábito maldito?
¿Era posible tener todo lo que me exigía mi ambiente
sin matar laboralmente a otros y demostrar
que yo era más que todos ellos juntos?

¿Tenía otra alternativa un provinciano
avecindado y deslumbrado en la gran capital?
¿Valía la pena ganar un buen fondo de jubilación
pero llegar viejo de sueños, enfermo y triste
a recibir una pensión que gran parte de ella
la consumen remedios y mecánicos de la mente?

¿Qué piensa Señor siquiatra?

Dígame algo antes de tomar su pastilla
y caer dormido para olvidar estas respuestas...

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